Primer Premio La Cultura 2007 - Género: Cuento
Debido al gran suceso de público
Autor: Jorge Alfonso Uruguay

En aquel momento yo estaba deprimido y muy escaso de plata –qué novedad–, pero se me había ocurrido una idea para una obra de teatro. Así fue que me contacté con gente del medio, y apenas unos días después empezamos a ensayar. Quizá debí decir empecé a ensayar, porque se trataba de un unipersonal. También tendría que agregar que era la primera vez que pisaba las tablas, y aunque tenía bastante miedo al ridículo, rechacé cortésmente los ofrecimientos de cursillos acelerados que alguna buena gente entendida insistía en que tomara. Lo creí rotundamente innecesario; después de todo yo no iba a actuar. Sólo me representaría a mí mismo, y en eso tenía una incuestionable experiencia: lo venía haciendo desde que me conocía.
Así fue que con gran éxito se iniciaron las representaciones de mi derrota. Al principio iban apenas unas pocas personas, pero luego el boca-a-boca y los comentarios de los medios hicieron que se agotaran una a una las funciones y fuera necesario agregar otras. Para mi mayor satisfacción hasta se colocaron asientos extras en la sala y luego filas enteras, ya que el espacio necesario para la representación era mínimo y la escenografía casi inexistente.
Al comienzo de la obra, el protagonista (yo) salía muy lentamente a escena y se ubicaba en el centro, justo bajo el gran foco, en medio de las decenas y decenas de espectadores, a los que observaba con una vaga mezcla de pánico, lástima y asco. Luego el director consideró que a pesar de las elogiosas críticas que hablaban de innovación y dadaísmo, a mi obra le faltaba más dinámica, más situaciones, más acción. Yo acepté todos los agregados, aunque intuía muy bien su verdadera opinión: era demasiado tiempo la hora y media de contemplar mi cara no muy privilegiada sin que pasara nada más... Pero no quise contradecirlo. Empezamos a reunirnos algunas noches después del espectáculo para discutir las incorporaciones, hasta que llegamos a un acuerdo muy conveniente para los dos. Después de todo, los agregados no alteraban en lo más mínimo el sentido de lo que me esforzaba –o no tanto– por transmitir. Incluso lo recalcaban.
Recuerdo sobre todo uno de ellos: en la última media hora bajaba desde el techo una botella de vino. El personaje –insisto, yo mismo– alzaba manos y ojos a las alturas, y tras dar las gracias con gestos grandilocuentes, tomaba con ansias, desconectado de todo y de todos. A partir de ahí el resto también era improvisación, pero más espontánea. A veces gritos o lloriqueos, jugar con el público, sentarme en la falda de alguna mujer, o cualquier otra macacada que se me ocurriera.
El tiempo fue pasando y la función seguía representándose a sala llena. Los espectadores se iban siempre confusos, sin saber si acababan de ver la obra más extraña y brillante de sus vidas o si habían sido lisa y llanamente estafados. Cada cual opinaba algo distinto, y muchas veces me divertía de lo lindo escuchando los comentarios a la salida del teatro.
Más adelante, las nuevas ideas del director y mías hicieron que el espectáculo siguiera alterándose –mejor dicho ampliándose– con otros agregados que obedecían a los cambios en la situación del país o del personaje. Hasta se incorporaron algunas actrices, que hacían sus entradas triunfales, me gritaban, me besaban, me escupían y salían de escena con la gracia de una mariposa. Otras veces, en lugar de la botella descendían bolsitas con diversas drogas, libros o papeles y lápices con los que el personaje escribía y luego leía, o simplemente los arrugaba para lanzarlos al público, que asombrado y agradecido por el cambio de ritmo festejaba con risas y carcajadas de agradecimiento.
Ahora que veo todo desde la perspectiva del tiempo, me doy cuenta que habría podido representar mi obra por muchos años, quizá para siempre, pero tuve que reconocer después de algunos meses que la vida del teatro es tan maravillosa como agotadora, y quienes la disfrutan son gente que ama vivir así, gente que no quiere ni puede salir de su adicción a las tablas.
A veces iba a fiestas donde todos me miraban y comentaban ese de ahí es el de la obra, y por más que aprovechaba el tiempo vaciando licores finísimos y codeándome con mujeres ricas y cultas, siempre me echaban en cara que a pesar de no estar en el teatro, inconscientemente seguía representando la obra fuera de escena. Creo que no entendían muy bien mi situación. Ese que tenían frente a sus butacas no era una ficción histriónica. Era yo, simplemente yo mismo, y una vez en mi camerino seguía siendo la misma persona, conservaba esa actitud mezcla de desencanto, aburrimiento y asco que evidentemente adoraban, claro, siempre y cuando no invadiera el mundo real.
Así que ahora podría decirse que me jubilé de las tablas. El director, que había engordado sus bolsillos conmigo, no estaba nada feliz por mi alejamiento. Pronto puso en escena otra obra muy similar aunque con otros actores, que no tuvo ningún éxito. La crítica dijo que era la misma idea con un lavado de cara. Además se decía que el desempeño del reparto dejaba mucho que desear. ¡Qué idiotez! Al contrario, ellos sí conocían su arte. No como yo, que nunca supe actuar.
Así que el director tuvo que volver a representar a Chéjov, a Pirandello y a Ibsen, a veces con éxito, pero –modestia aparte– nunca tanto como el mío.
Hoy en día el teatro cerró. La mayor parte del público permanece en su casa frente al televisor, asistiendo a programas como The Real World, El Gran Hermano, o Temptation Island, donde la idea también es la misma pero con algún matiz sexual.
Pasaron tantos años desde el estreno de mi obra... Al principio recibía montañas de guiones para todo tipo de espectáculos, que siempre rechazaba sin siquiera leerlos. Luego las propuestas se volvieron más esporádicas, pero eso no me impidió aún hoy seguir representando el mismo libreto –con algún que otro ligero cambio según las circunstancias–, y sabiendo siempre que la duración del espectáculo depende de la paciencia del amigo que oficie de público. Eso sí, ahora no cobro entrada.






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