. Taller de Poesía Virtual y Gratuito de Walter Iannelli

Estos materiales pueden dar una idea del enfoque del taller
Opiniones del Coordinador (del libro "Guía para pescadores")

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© El autor autoriza a usar estos textos en la medida en que se mencione su origen.

El lugar común no es el baño  
Sacando gerundios  
El ciego de Paul Auster  
El lector y yo  
   
   

El lugar común no es el baño

Ante la aparición espontánea de palabras como vuelo, mariposa, sol, verano y otras por el estilo, palabras de indudable carga histórica que arrastran consigo el peso del tiempo y el sentido que la vida misma y que cada uno de los escritores que las usaron le fueron dando, habría que hacer lo que hizo, por ejemplo, Duchamp con su mingitorio. Es decir, sacarlas de contexto. Una palabra usada fuera de su contexto ordinario cobra nuevo sentido, como cobró sentido el mingitorio de Duchamp fuera del baño o el auto de juguete con el que Picasso completó la cabeza de su cinocéfalo. Dicho de otra manera: algunas palabras tienen una carga retórica que a esta altura del partido las vuelve casi impronunciables. Lo mismo ocurre con ciertas construcciones poéticas (el ocaso de la tarde, etc.). Esta carga retórica sienta sobre ellas algo así como una suerte de "jurisprudencia semántica" que le otorga a la palabra o a la construcción tantos significados como de los que ha sido víctima hasta el momento, y en definitiva, vacía a dicha palabra o construcción de sentido alguno, y sobre todo de belleza. Lo mismo pasa con los adjetivos. Recordemos, para comprender esto, que cuanto más al voleo adjetivemos una cosa, menos forma tendrá esa cosa. No olvidemos por ejemplo versos como "la noche lateral de los pantanos" de J.L. Borges y lo que decía Julio Cortázar en Rayuela: "En las páginas 78, 457, 3, 271, 688, 75 y 456 del diccionario de la Academia Española está todo los necesario para escribir cierto endecasílabo de Garcilaso. Digamos que el mundo es una figura, hay que leerla. Por leerla entendamos generarla. ¿A quién le importa un diccionario por el diccionario mismo?".

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Sacando gerundios

Dos comentarios respecto al uso de los gerundios en poesía: uno es que todos los gerundios terminan en ando, endo. Esto hace que en un poema de cincuenta palabras un gerundio o terminación que se repita resulte difícil de digerir fónicamente. Otro es que el gerundio técnicamente estira la unidad sintáctica. Este estiramiento muchas veces hace que se resienta el ritmo del poema porque obliga a leer de corrido, salvo que los usemos para marcar el ritmo, por ejemplo, como los usaba Cortázar.

Y con respecto al ritmo: ojo, a veces una cosa es lo que uno escribe y otra lo que uno cree haber escrito. Aquel que está entrenado en leer, lee lo que está escrito y escribe con mayor facilidad del modo en que quiere ser leído. De ahí también la importancia de la lectura para encontrar pautas gramaticales (puntos, espacios, etc.) que nos ayuden a llevar nuestra respiración tácita al papel. Mientras buscamos algo digno de decir trabajemos en éstas cuestiones formales teniendo en cuenta que los poemas son textos cortos y el exceso de gerundios, participios, terminaciones verbales, adverbios, etc., no hará otra cosa que ruido, justo cuando hace falta sonido y silencio, y el tacto justo para combinar estos elementos, como en la música.

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El ciego de Paul Auster

Paul Auster en su novela "el palacio de la luna" idea el personaje de un joven que tiene como trabajo pasear por la ciudad a un anciano ciego en su silla de ruedas. El anciano se queja. El joven no describe lo que ve. Sólo lo nombra: "Un árbol, una casa, no significan nada para mí. No significan nada más que aquello que usted está diciendo", se queja el viejo, "Los árboles y las casas son todos iguales. Muéstreme las diferencias. No se olvide que soy ciego, quiero ver lo que usted ve".

El lector es ciego. Sólo tiene las palabras del que escribe para componer el mundo. No se trata de escribir en clave, sino de reflejar la particularidad de una mirada. No describamos las cosas por sus denominadores comunes. No digamos "una casa que tiene una puerta". Todas las casas tienen puertas y en el mejor de los casos hablaremos de una casa cualquiera y quizá no de ésa en particular de la que queremos hablar (en ese caso alcanzaría con decir simplemente "una casa"). Hablemos sí de lo que diferencia a esa casa de todas las demás: "Una casa que no tiene puertas", sería suficiente para que el ciego de Paul Auster imaginara una casa distinta a todas las otras y pudiera hacerse una idea de la naturaleza de eso que sólo está viendo a través de las palabras.

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El lector y yo

Lo literario se construye de a dos. Es decir un autor y un lector. Para que esto ocurra el autor debe procurar transmitir la emoción con que ha escrito el texto, aquella que ha intentado insuflarle al texto y que con seguridad lo ha motivado a escribirlo. Ahora bien, no es lo mismo transmitir información que transmitir emoción. Yo puedo hacerle entender al lector aquello que quiero decir diciéndolo directamente, pero es difícil que aquel que lea se comprometa con mi emoción. Por lo tanto no debo enunciarle mi emoción, sino procurarle una imagen de ella para que pueda reconstruirla y representarla en cabeza.

No es lo mismo decir

"te extraño"

que decir,

"sin ti mi cama es ancha"

Ahora bien: esto no se consigue solamente jugando con las palabras. La poesía no es sólo un asunto del lenguaje como la pintura no es sólo un asunto de colores. Ese lenguaje debe romper con lo convencional y denotativo con que podrías informar en la sección sociales el deseo de que, por ejemplo, tu ser amado vuelva a casa ("te extraño). Tu trabajo como poeta consistirá en hacerle saber a todos los lectores del periódico la calidad, la naturaleza de esa necesidad a tal punto que ellos también puedan sentirla ("Sin ti mi cama").

Para poder valorar esto debés separarte del objeto afectivo de tu poema. Será el otro (el lector) quien deba encontrar un objeto afectivo con quién relacionar tu poema. Esto nos dice a las claras que hablando de la naturaleza de nuestros sentimientos será como haremos universal eso que sentimos y no dando información acerca de ellos. Así se construyen los clásicos. De palabras que han buceado en la emoción evitando enunciarla. De este modo han sorteado el paso del tiempo, las culturas, la mera costra informativa del hecho periodístico para tocar el hilo emotivo que une a los hombres de todas las épocas con imágenes a las que, en definitiva, será el lector quien ponga palabras (lo que equivale a decir que será el lector quien construya la identidad emotiva de esas imágenes).

Próximamente: "Las ventajas y desventajas de la contemporaneidad del escritor contemporáneo"

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