Talleres Literarios
El taller literario es algo que, como se diría en términos de ciencias duras, está mal definido. Desde la formación profesional de sus coordinadores: críticos de arte, profesores de letras, psicoanalistas, etc., hasta la metodología utilizada que va de las consignas y los juegos orientados, a las sesiones de relajación y a la música inductora; todo cabe en la categoría. En mi caso particular, la idea de taller literario tiene como objetivo excluyente la formación de escritores y para eso utilizo como herramienta fundamental la crítica, la corrección y la reescritura. Comparto la concepción que existía en el renacimiento de cómo se forma un artista, que iba desde las tareas menores hasta las mayores aprendiendo las reglas del oficio hasta convertirse en un creador independiente. Por supuesto, nuestra época impone límites y formas muy distintas. Pero en el fondo hay un acuerdo y es el de concebir al artista como poseedor de fuertes componentes de oficio. Hoy en día se suelen escuchar argumentos en contra de los talleres que tiene que ver con la contaminación que sufre la creatividad del alumno por las reglas del buen arte cuando, dicen, es bien sabido que tales reglas no existen. No puedo imaginar a Leonardo no aceptando tener que moler pigmentos en el taller del Verrocchio por el riesgo a contaminarse con ideas ajenas. Y, en última instancia, la independencia de criterio es parte de lo que un verdadero artista debe tener y no es en el taller literario donde se forma el carácter de una persona. Estoy convencido de que la belleza se construye en base a conocimientos que pueden ser transmitidos. Lo que un taller literario no puede dar a sus participantes es interioridad. Cada miembro del taller tiene su propio talento y sus propias historias que contar. El taller literario, dentro de los límites de la capacidad del coordinador, sólo puede dar herramientas.
Emilio Matei